La crisis de algunas empresas de referencia (La Naval), las dificultades del sector de la automoción con las nuevas medidas sobre el diésel y la incertidumbre internacional (proteccionismo, guerras comerciales, Brexit, etc.) explican esta evolución y no presagian nada bueno para el futuro más próximo, en un escenario internacional que afronta una desaceleración anunciada.
Lo primero: reconocer la importancia del sector
Ya muy pocos economistas cuestionan la importancia de la industria en el devenir de la economía. De hecho, está de moda reivindicar su trascendencia, lo real frente a lo especulativo. La industria es un sector que genera empleo cualificado, es motor de otras actividades y, en definitiva, es un sector innovador, exportador y con altos niveles de productividad.
En 2017, la Comisión Europea publicó una comunicación titulada Invertir en una industria inteligente, innovadora y sostenible: Una Estrategia renovada de política industrial de la UE. Recientemente el Consejo de la Unión Europea ha presentado unas conclusiones alentando a la UE a desarrollar una estrategia 2030. Mientras tanto, Alemania y Francia están impulsando una disputa política y teórica sobre la necesidad de promover campeones europeos para hacer frente a la irrupción de las grandes empresas chinas y han puesto sobre la mesa un replanteamiento de la política de la competencia, sobre todo tras la negativa de la Comisión a aceptar la integración ferroviaria Siemens-Alstom. El debate de la política industrial está sobre la mesa.
La digitalización, la internacionalización, la innovación (tecnológica y no tecnológica), la economía circular, el big data, la ciberseguridad o el cambio climático son las prioridades de esta nueva política industrial. Este nuevo punto de vista no olvida el enfoque sectorial y habla explícitamente de la industria aeroespacial, la siderurgia, la energía, el sector del automóvil y la industria de la defensa. No son divagaciones teóricas. Afectan a nuestra realidad más próxima: el empleo de hoy y el de las generaciones futuras.
En Euskadi, desde los años 80, la política industrial ha estado en el centro de la atención dela Administración. Entonces las prioridades fueron, casi sucesivamente, la mejora de la gestión empresarial, la internacionalización, la innovación y la cooperación empresarial. Ahora el reto es otro eje transversal: la industria 4.0. Hay una continuidad lógica en el diseño de la política industrial que ha gozado de un alto consenso. Toca evaluar sus resultados.
Los cambios en la industria
La industria está cambiando rápida y radicalmente. Hoy, la industria vizcaína no tiene nada que ver con aquellas grandes empresas siderometalúrgicas, navales, químicas o de bienes de equipo de los años de la industrialización (Altos Hornos de Vizcaya, Babcock Wilcox, General Eléctrica Española, Sefanitro, entre otras muchas) que ocupaban la margen izquierda de la ría del Nervión. En los años de esplendor, Babcock empleaba más de 5.000 trabajadores, AHV más de 10.000. La industria ahora es más innovadora e internacional, menos paternalista, integrada en las cadenas mundiales de producción, oferente de soluciones integrales y, en fin, es una industria que ha entendido que el conocimiento es la principal fuente de competitividad diferencial. Varios son los retos a afrontar en el futuro.
Un problema de tamaño
El tejido empresarial vasco transmite una sensación de vulnerabilidad. Tenemos una amplia red de pymes familiares, con limitado capital propio, poco margen para endeudarse e insuficiente capacidad tecnológica para emprender políticas de expansión. Son empresas que difícilmente aguantarán una nueva tormenta como la de 2008. Y menos, una tormenta perfecta como la que se avecina en algunos sectores, como el del automóvil.
Acuerdos estables de colaboración
Hasta ahora desde la Administración se ha apostado por impulsar la cooperación empresarial en asuntos puntuales, comerciales o tecnológicos. Es el momento de doblar la apuesta y proponer absorciones, fusiones o alianzas empresariales estables a largo plazo y dotar a estas nuevas estructuras de recursos financieros suficientes para poder hacer frente a las necesidades de marketing, comerciales y tecnológicas de un mercado global muy exigente. Incluso es el momento de apostar por alianzas europeas. La Administración ha puesto en marcha fondos de capital riesgo, y tiene previsto otros fondos de financiación público-privados para proyectos estratégicos. Se necesita que acudan proyectos de alta calidad.
Multinacionales de nicho
En relación con el tema de la dimensión, tenemos en Bizkaia, y en el propio sector del metal, empresas que son líderes mundiales en nichos de productos muy específicos, generalmente componentes de una cadena de valor más amplia. Es lo que se conoce como “multinacionales o campeonas de nicho”. Será necesario asegurar el futuro de estas empresas, ampliar su número y lograr que los centros de decisión se mantengan aquí. En la FVEM hay identificadas al menos 14 empresas de este tipo.
Los servicios avanzados como palanca del conocimiento
La apuesta por los servicios avanzados es otro reto pendiente. Se trata de un sector que favorece la competitividad del sector manufacturero, con grandes posibilidades de crecimiento, donde contamos con empresas de gran reputación nacional e internacional (IDOM, SENER) y que, además, facilita la captación de inversiones procedentes del exterior generando empleos de alto valor añadido.
Un ecosistema 4.0
La Administración Pública debería seguir apoyándose en el entramado de agentes intermedios -clústeres, asociaciones empresariales, agencias de desarrollo local-, como es el caso de la propia FVEM. Su cercanía y conocimiento de las necesidades reales de las empresas los convierten en un canal envidiable para llegar a las mismas. Es el momento de fortalecer este entramado. Son organizaciones que prestan servicios de mucho valor a las empresas.
¿Hemos salido de la crisis?
Todavía no del todo, incluso se atisba el agotamiento de nuestros principales clientes internacionales (Alemania y Francia). Lo más urgente ahora es fortalecer el entramado industrial y hacerlo en un entorno de cohesión social y territorial, así como de estabilidad económica, monetaria e institucional (europea, nacional y regional).